El motivo que me ha llevado al Líbano ha sido que el país me cautivó cuando leí los escritos de Tomàs Alcoverro y Txell Feixas, enamorados de esta tierra. Líbano, un rincón del Mediterráneo de gran relevancia histórica en el que se han establecido fenicios, romanos y se libraron las batallas de las cruzadas, al ser la puerta entre Oriente y Occidente. Muchos pueblos desearon hacerse con estas tierras fértiles y con excelentes puertos de mar.
Hace tiempo que Altair organiza viajes al Líbano, que han tenido buena acogida y por eso nos hemos animado a ir con Rosa. A partir de aquí hemos conectado con Oriol Andrés que ha vivido ocho años en Beirut y trabajó con Txell Feixas unos cinco años. Nos ha enviado reportajes y artículos y nos ha puesto en contacto con Joan Cabasés corresponsal del Punt Avui, que actualmente vive en el Líbano y con él nos encontraremos en Beirut para hablar sobre el país. Ha sido muy provechosa toda la información que nos han pasado para conocer mejor el Líbano.
De Beirut me llevo:

La capital del país, ubicada en el centro de la costa libanesa mediterránea. Beirut refleja todo tipo de contrastes. Su nombre significa “pozo” o “fuente”. La visita te transporta a través de la historia a las diversas culturas que han pasado a lo largo del tiempo.

La ruta por el centro de la ciudad con Yvette, nuestra guía, gran conocedora de la historia de este país.

El Museo Nacional de Beirut es el principal museo arqueológico del Líbano, que recoge la historia de las civilizaciones y de los pueblos que han conformado el país. La colección del museo, inaugurado oficialmente en 1942, empezó después de la Primera Guerra Mundial. Debido a la guerra del Líbano, en 1975 se cerró y no se volvió a abrir hasta 1999 después de un período de restauración. Contiene una impresionante colección de objetos hallados en el territorio libanés desde el paleolítico hasta el Imperio Otomano.

Los edificios derruidos junto a otros de nueva construcción que vemos durante el paseo.

La Iglesia cristiana maronita de San Jorge donde participamos en la celebración de la Pascua. Los sacerdotes vestidos con unas casullas blancas con bordados florales y cruces, reciben en la puerta a los feligreses. Han cantado salmos en árabe y francés. Ha sido interesante ver distintos ritos.

La entrevista con Joan Cabasés, reportero catalán del diario El Punt Avui y de otros medios. Nos ha hablado de las experiencias que le han marcado en el Líbano. El encuentro ha sido en una casa antigua en el barrio Mar Mikhael en una conversación enriquecedora.

El puerto, afecta ver un muro donde se produjo la explosión el 4 agosto de 2020, con fotografías de algunas de las víctimas, entre ellas niños y jóvenes.

La Bahía de Zeytouna donde conversamos con dos jóvenes estudiantes de la Universidad Americana de Beirut.

Las Rocas de las Palomas , los arcos de roca que surgen del mar, una maravilla natural.

La Corniche, el paseo marítimo que bordea la costa de la ciudad, un lugar de encuentro que se llena de gente que pasea, charla, hace deporte o pesca. Disfruto del atardecer del aire marino que se respira y del agradable ambiente.
De Sidón me llevo:

La tercera ciudad del país, ubicada a cuarenta y tres kilómetros de Beirut. Cuyo nombre es uno de los más conocidos de la historia antigua. Destaca por su pasado trágico, puesto que fue saqueada en varias ocasiones. Actualmente es una ciudad animada que vive del comercio y la pesca.

El Castillo del Mar, que se une a la tierra por medio de un puente. La torre es el elemento más preservado. Es un símbolo de la ciudad que se remonta a la época de las cruzadas.

El caravanserai de los Francos o Khan el Franj, tenía la función de hostal y para vender las mercancías de los comerciantes que hacían la ruta de la seda.

El museo del jabón artesanal , de gran tradición en Sidón, situado en la parte antigua de la ciudad.

El zoco cubierto, anclado en el pasado, donde descubrimos a cada paso pequeñas mezquitas. Pruebo una hojaldre con crema de leche, que los libaneses suelen comer después del ayuno sagrado del Ramadán. Mientras paseo por las callejuelas me dejo llevar por los olores y las sensaciones.
De Tiro me llevo:

La principal ciudad fenicia, considerada la reina de los mares en la época dorada de expansión mediterránea. Situada en la costa sur del Líbano, a tan sólo treinta kilómetros de la frontera con Israel. Es mencionada en el nuevo testamento ya que Jesús se alojó en ella un tiempo. Visitamos dos conjuntos de ruinas de las épocas grecorromana y bizantina. El primero consta de una carretera bien conservada que atraviesa un arco monumental, a un lado hay un acueducto; y en el otro, un museo de sarcófagos al aire libre y al final de todo, el hipódromo. Hemos visto las huellas de diversas civilizaciones que han pasado por esa ciudad.

La necrópolis o ciudad de los muertos que figuran entre las mayores y las más ricas del mundo. Llevan inscripciones que indican el nombre y profesión de los difuntos.

El hipódromo, del siglo II de nuestra era, está considerado como unos de los hipódromos romanos más grandes y mejor conservado de su tipo en el mundo romano.

El conjunto de ruinas situado cerca del mar, donde destaco las termas y los mosaicos.

Los campos de refugiados palestinos. Ya hace tiempo que viven allí, pero no tienen el derecho de la propiedad, lo que si pueden es entrar y salir del campamento.
De los Cedros del Barouk me llevo:

El bosque del Barouk forma parte de la Reserva de la Biosfera Al Shouf donde se encuentra el mayor bosque de cedros del país. Subimos a la montaña del Líbano a mil ochocientos metros. Recorremos caminos atravesando el bosque de cedros.

La nieve que piso, me impresiona ver cómo surgen los árboles por encima de las capas de hielo que se deshacen.

El cedro que cuando lo abrazo me da energía.
De Beiteddine me llevo:

El palacio, por su grandiosidad, reflejada en los jardines principales; las grandes caballerizas, los pequeños museos, los dormitorios de los invitados, las fuentes, los pórticos de mármol, la marquetería, los hammams y su colección de mosaicos bizantinos. Está considerado el mejor ejemplo de la arquitectura libanesa de principios del siglo XIX. Estuvo alojado un tiempo el escritor Alphonse de Lamartine y aquí se inspiró para escribir Voyage en Orient.

La fuente que sirve para refrescar la habitación, con incrustaciones de mármol coloreadas.

La elegante sala, con una magnífica decoración interior.
De la colina de Harissa me llevo:

La virgen protectora de Nuestra Señora del Líbano, del Santuario situado en lo alto de una colina de seiscientos metros. Alrededor hay iglesias y catedrales.

Las vistas a 360 grados mientras subimos por unas escaleras de caracol para ver la estatua de la Virgen, desde donde disfrutamos de la vista de la bahía de Jounieh.

La iglesia, un cruce arquitectónico entre un cedro libanés y una nave fenicia.

El teleférico ha sido una experiencia de bajada vertiginosa.
De la gruta de Jeíta me llevo:

Una cavidad monumental con estalactitas y estalagmitas, cortinas calcificadas y columnas esculpidas a lo largo de milenios. Nos ha gustado especialmente que estaba muy bien iluminada.

La ruta a pie por unas pasarelas dentro de la gruta.

El paseo en barca por el río que atraviesa las cuevas.
De Anjar me llevo:

La antigua ciudad omeya del siglo VIII, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1984. Su arquitectura supone un puente entre el arte bizantino y el arte árabe. Es un ejemplo histórico de una ciudad comercial dentro del país.

El gran palacio del que se han reconstruido una pared y varias arcadas.

Los campamentos de refugiados sirios. Cada vez hay más refugiados viviendo en muy precarias condiciones.
De Baalbek me llevo:

El complejo de templos de Baalbek, uno de los más grandes del mundo situado en el centro del valle de la Bekaa. Esta zona vio la creación del mayor proyecto imperial romano con la construcción de varios templos dedicados a Júpiter, Baco y Venus. Por la noche paseo alrededor del yacimiento arqueológico iluminado y me transporto al pasado.

El templo de Júpiter fue el más suntuoso y grande del imperio romano, construido en el año 60 dC. Consiste en una plataforma elevada que se levanta sobre una impresionante escalinata que termina en columnas de veintidós metros de altura, de las que sólo seis se mantienen de pie, son las más grandes del mundo.

El templo de Baco, dedicado al dios del vino y del éxtasis, considerado como una divinidad solar que controlaba el crecimiento de la siembra y los rebaños. Fue construido hacia el año 150 d. C. y se encuentra en un buen estado de conservación.

El templo de Venus, una preciosa edificación circular con columnas alargadas, construido durante el siglo III de nuestra era, único en el Líbano. Durante la época bizantina fue dedicado a Santa Bárbara, patrona de Baalbek.

Los niños con los que juego en las calles de Baalbek.

La mezquita muy bien decorada y de variado colorido.

El Palmyra, antiguo y emblemático hotel con vistas a las ruinas. Aquí se han alojado grandes personalidades como Jean Cocteau del que se pueden ver expuestos varios dibujos.
De los Cedros de Becharre me llevo:

El bosque de cedros situado sobre Becharre, al pie de la cima del Monte Líbano. A medida que caminamos a más altura en medio del bosque pisamos capas de nieve. Ha sido un agradable paseo en el que se respira aire puro. Hemos disfrutado de la mítica reserva de cedros libaneses centenarios y milenarios, que inspiraron al escritor nativo Gibran Khalil, autor que he leído y admiro desde hace años.

La escultura de Cristo , esculpida en un cedro por Rudy Rahme, famoso escultor libanés nativo de Becharre.
Del valle de Qadisha me llevo:

El valle Santo, que se caracteriza por sus escarpados caminos llenos de grutas, iglesias y monasterios. Los maronitas, seguidores de San Marón, la convirtieron en su refugio.

El monasterio de Sant Antonio, excavado en la roca, que desde el siglo XI se dedica al culto.

La primera imprenta de oriente expuesta en el museo del monasterio.

La gruta, un lugar donde se respira espiritualidad.
De Trípoli me llevo:

La ciudad con mayor carácter árabe del país, renovada y caótica a la vez. Situada a unos ochenta y cinco kilómetros al norte de Beirut, es la segunda metrópoli más grande del Líbano y el principal puerto del norte del país. Pese a aparentar ser más moderna que el resto de las poblaciones libanesas, su principal atractivo es su historia medieval y la arquitectura mameluca.

El paseo por los mercados orientales, un laberinto de callejuelas estrechas, donde se respira un ritmo de vida tranquilo y con grandes contrastes.

La mujer que nos invita a comer en su casa. Los libaneses son muy acogedores.

Los cocineros que nos enseñan cómo elaboran las pastas.

Las niñas que se nos acercan y con las que hablamos un poco, frente a la mezquita.

La Ciudadela de Saint Gilles, en lo alto de la colina que domina el valle, la ciudad y la costa.

Ghazi que nos conecta con Mirvate, su madre.

Nada Nammour que nos acompaña a la casa Mirvate.

La invitación a la cena después del ayuno sagrado del Ramadán. ¡Qué hermosa mesa tan bien puesta y con gran diversidad de manjares! Participar en la celebración y conocer sus costumbres ha sido una experiencia inolvidable.
De Byblos me llevo:

El pueblo acogedor situado en la costa, a unos cuarenta kilómetros al norte de Beirut con un atractivo centro histórico. Lugar célebre por ser el origen del alfabeto fenicio. Los griegos le dieron el nombre de Byblos porque el nombre de Biblia, con el que se conoce al libro sagrado cristiano, es atribuido a esta ciudad ya que la primera Biblia se realizó en papiro proveniente de la misma. Se destaca el yacimiento arqueológico, del que según la Biblia fue la ciudad más antigua de la Humanidad.

El teatro romano, situado a orillas del acantilado con vistas al mar Mediterráneo. Nos sentamos en una parte de las gradas reconstruidas y podemos comprobar con nuestros cantos que tiene buena acústica.

El puerto antiguo protegido del mar por torres de defensa.
De Batroun me llevo:

La población costera con encanto, que conserva partes de la muralla fenicia, de más de dos mil años de antigüedad.

La Catedral maronita de San Esteban, patrón de Batroun, donde coincidimos con una ceremonia de entierro.

La “Diáspora village” una zona donde se han reconstruido casas financiadas con dinero de los libaneses que viven en el extranjero, para que cuando regresen a su país, tengan un lugar donde hospedarse.
De los libaneses me llevo:

El recuerdo de un pueblo acogedor. La riqueza multicultural que les han aportado las distintas civilizaciones que han pasado a lo largo de la historia. Un país pequeño, pero con gran variedad paisajística. Su gente se desvive por la hospitalidad con sus puertas siempre abiertas. Admiro a los libaneses por su resiliencia porque a pesar de todas las dificultades, tienen la fuerza para superarlas y renovarse.