Viaje a los Balcanes julio 2025

Este viaje nació de la buena sintonía que se creó después de recorrer Georgia y las montañas del Cáucaso con Rosa Pi, Anna Sallés y Montserrat Morera. Tras aquella experiencia compartida, nos dimos cuenta de que queríamos repetir; nos entendíamos, compartíamos inquietudes y nos unía la curiosidad por conocer nuevos países con una gran carga histórica y cultural. Así surgió la idea de explorar una parte de la península balcánica. Nuestro itinerario recorrió Macedonia del Norte, Albania, Montenegro, Kosovo y Serbia, países que forman parte de un mosaico de pueblos, lenguas y religiones. Situada entre Oriente y Occidente, la península balcánica ha sido durante siglos escenario de conquistas, migraciones e intercambios culturales. Imperios como el romano, el bizantino, el otomano y el austrohúngaro dejaron su huella, aunque con intensidades diversas según la región. En épocas más recientes, la experiencia de la Yugoslavia socialista también marcó su carácter. Este conjunto de influencias históricas sigue presente en la cultura, las tradiciones, la arquitectura y el paisaje humano de los Balcanes, donde el pasado convive con un presente complejo. Una de las características que más nos atraía era su gran diversidad religiosa. El cristianismo ortodoxo tiene una fuerte presencia, y paralelamente el islam desempeña un papel importante, fruto de siglos de dominio otomano. Había, sin embargo, otra motivación más íntima que nos impulsaba a realizar este viaje. Durante los años noventa seguimos con consternación las guerras de los Balcanes a través de los medios de comunicación. Aquellos conflictos nos conmovieron y dejaron una secuela de incertidumbre y dolor. Con el tiempo, creció en nosotras el deseo de conocer de primera mano qué había quedado de todo aquello, cómo se vivía hoy en esos territorios marcados por la violencia y la división, cómo se habían reconstruido las ciudades, los pueblos y las personas. Este viaje quiere ser una aproximación humana e histórica, un intento de escuchar y comprender más allá de los tópicos. Con los ojos abiertos y el corazón atento, hemos querido descubrir cómo se vive hoy en los Balcanes.

Reportaje fotográfico de Rosa Pi, Anna Sallés y Elsa Rovira

Me llevo la maleta llena de vivencias.

De Macedonia del Norte me llevo:

El país de Macedonia del Norte nos descubre historias y paisajes diversos: el majestuoso cañón de Matka, el parque de Mavrovo con su naturaleza salvaje, la ciudad de Ohrid con su encanto eterno, Sveti Naum como un espacio de recogimiento espiritual y Skopje, una capital vibrante. Cinco lugares que laten con la fuerza y la esencia del país.  

El cañón de Matka, una maravilla natural donde el río Treska, el canto de los pájaros  y el susurro de las hojas llenan el aire. Lo primero que me cautiva es el paisaje, con paredes de roca verticales que se alzan imponentes a ambos lados, cubiertas de un verde vibrante. Empezamos a caminar por un sendero estrecho que serpentea siguiendo el lago artificial, creado en 1938 con la construcción de una pequeña presa. El camino, a veces angosto, ofrece vistas espectaculares del lago Matka, que refleja las rocas y los árboles como un espejo.

Al Parque Nacional de Mavrovo, donde la naturaleza cobra protagonismo con sus ríos claros, los espesos bosques que se extienden hasta donde alcanza la vista, y las montañas más altas de Macedonia, que velan desde la altura como guardianes. En medio de este escenario visitamos el monasterio ortodoxo de Sant. Jovan Bigorski, fundado en el año 1020. Con más de un milenio de historia, entre guerras, destrucciones y reconstrucciones, el monasterio se alza como si el tiempo le hubiera enseñado a resistirlo todo. Lo que más me ha impresionado ha sido la devoción religiosa que se respira allí. Recuerdo a una chica joven que, con un gesto íntimo y sincero, encendía velas, dejaba pequeñas ofrendas y rezaba con los ojos cerrados.

El lago Ohrid es un espacio natural para descansar la mirada y el espíritu. Sus aguas transparentes reflejan el cielo y las montañas, creando un hermoso paisaje. Cuentan que en sus orillas se alzan 365 iglesias y capillas, una para cada día del año. Hacemos un paseo en barco, navegando suavemente por sus aguas serenas hasta situarnos justo bajo la iglesia de San Juan Bautista de Kaneo. Erguida sobre un acantilado, su silueta se recorta con elegancia sobre el azul intenso del lago. como una visión suspendida entre el cielo y el agua. Me cautiva la imagen de esta pequeña joya de piedra flotando en el horizonte.


Sveti Naum, entre aguas puras y ecos sagrados. Situada al sur del lago Ohrid, cerca de la frontera con Albania, este antiguo monasterio ortodoxo macedonio destaca por su belleza y espiritualidad. Manantiales de agua transparente, que brotan de ríos subterráneos procedentes del lago Prespa, alimentan las aguas de Ohrid. El monasterio invita a la contemplación, envuelto por la figura de san Naum, monje y sanador. En su interior, los cantos monásticos resuenan, dando al lugar una atmósfera intemporal.

Skopje, la capital, nos recibe con una mezcla desconcertante de reconstrucción moderna y vestigios antiguos. Entre tantas esculturas recientes, destaca el Puente de Piedra, del siglo XV, como un auténtico testigo silencioso de la historia de la ciudad. Sobrevivió al devastador terremoto de 1963, ha visto pasar ejércitos y transformaciones políticas, y hoy continúa uniendo, con discreta dignidad, la moderna Plaza Macedonia con el Viejo Bazar, un laberinto de callejones, artesanía, olores y memoria otomana. Caminar por allí es sentir el pulso de una ciudad que ha sabido reinventarse sin olvidar del todo sus raíces.

De Albania me llevo:

El país de Albania ha sido una puerta abierta a la complejidad de una tierra marcada por su historia y por una voluntad decidida de mirar hacia el futuro sin olvidar sus raíces: Berat majestuosa, Rozafa legendaria y Tirana vibrante. Tres paisajes y tres pulsaciones de un país que se recuerda con los sentidos. 

Berat, entre piedras milenarias y vidas cotidianas. Declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, Berat nos recibe con su luz suave y las casas blancas que trepan por las laderas como si quisieran tocar el cielo. La fortaleza,  nos invita a recorrer sus calles empedradas, donde la historia convive con la vida diaria. A medida que subimos, descubrimos huertos privados, niños jugando entre muros que llevan siglos en pie. Es un espacio vivo, donde la cotidianidad se entrelaza con el legado de un pasado rico en cultura, religión y arte. Desde la cima, la vista sobre la ciudad y el río Osum es majestuosa. Entre iglesias ortodoxas y restos otomanos, Berat nos habla sin prisas, con la sabiduría de un lugar donde el tiempo no se ha detenido, sino que ha aprendido a convivir con el presente.

Rozafa, la fortaleza entre ríos y leyendas. Una de las más grandes de los Balcanes Occidentales, situada en la cima de una colina rocosa, se eleva imponente sobre la confluencia de los ríos Drin y Buna, con el lago Shkodër brillando al fondo. Construida en época iliria y ampliada por romanos, venecianos y otomanos, aún conserva muros, restos de estancias, cisternas e incluso una pequeña capilla dentro del recinto. Pero lo que más me conmueve es la leyenda trágica que la envuelve, de la mujer que fue emparedada viva para que los muros no se derrumbaran. Camino entre las ruinas, el viento me roza la piel y el horizonte se extiende inmenso. Las piedras, cargadas de siglos, parecen susurrar secretos antiguos.

Tirana, la capital vibrante, nos recibe con el corazón abierto en la gran Plaza Skanderbeg, centro neurálgico y símbolo de una ciudad en transformación. A finales del siglo XX, el alcalde derribó numerosos edificios para abrir grandes avenidas y modernizar el espacio urbano. Hoy, alrededor de la plaza, conviven edificios de estética dura, herencia de los estilos mussoliniano y estalinista, con emblemas de la identidad albanesa, como la estatua del héroe nacional Skanderbeg, la mezquita Ethem Bey, el Museo Nacional de Historia y el Palacio de la Cultura.

De Montenegro me llevo:

El país de Montenegro nos ha acogido como un poema de contrastes: Perast encantadora, Kotor enigmática, el lago Skadar inmenso y Podgorica auténtica. Cada uno un verso único dentro de este pequeño gran país.  

Perast,un pequeño pueblo costero, me cautiva con su riqueza histórica. Desde aquí emprendemos una travesía en barco por la bahía de Kotor hasta la singular Nuestra Señora de las Rocas, un santuario construido sobre un islote artificial que, según la leyenda, se formó con piedras lanzadas al mar por los pescadores. En su interior, exvotos marinos cuentan historias de fe y esperanza. Desde este mirador privilegiado, la vista sobre Perast y toda la bahía es espectacular.

Kotor, atrapada entre montañas y el Adriático, es una ciudad amurallada. Situada en la bahía de Kotor, su posición geográfica privilegiada la convirtió durante siglos en un enclave estratégico de comercio y defensa. Paseando por sus callejuelas estrechas y empedradas, Kotor se revela como un laberinto con mucha historia y encanto. Las cúpulas de la catedral de San Trifón, las iglesias de San Nicolás, San Lucas y Santa Ana, y los gatos que se pasean con aires de propietarios, enriquecen su atmósfera mágica. A pesar de la constante llegada de cruceros, la ciudad conserva autenticidad. No es extraño que la UNESCO la declarara Patrimonio de la Humanidad en 1979. Kotor es una joya viva, que respira pasado y belleza.

 El lago Skadar, el más grande del sur de Europa, nos recibe como una frontera líquida entre Albania y Montenegro. Navegamos por aguas tranquilas que reflejan el cielo,  entre juncos que bailan con el viento y aves que se elevan elegantes hacia el horizonte. Nos detenemos frente a una isla prisión abandonada, donde las ruinas guardan historias calladas, una pausa conmovedora en medio del lago. Al regresar subimos a la cubierta, el sol nos acaricia la piel mientras capturamos momentos espontáneos llenos de alegría y complicidad. Un instante en el que el lago, el aire y la luz nos unen.

Podgorica, la capital entre montañas y modernidad, se extiende tranquila en el valle de Zeta, a los pies de los Alpes Dináricos. Más funcional que monumental, es el corazón político del país y respira una vida cotidiana. Sus edificios grises, los puentes sobre el río Morača y su urbanismo sencillo le dan autenticidad. Salimos a pasear entre ráfagas de viento, mientras la ciudad nos recibe con un ritmo pausado, con jóvenes sentados en las terrazas y bicicletas que cruzan los parques. En la plaza, una fiesta popular nos sorprende con música, cantos y bailes que llenan el ambiente de una alegría espontánea. Podgorica quizá no presume de grandes monumentos, pero sabe celebrar la vida con naturalidad, y es precisamente esto lo que la hace cautivadora.

De Kosovo me llevo:

El país Kosovo nos ha ofrecido una mirada íntima y contrastada: la paz antigua del Patriarcado de Peć y la esperanza moderna de Pristina, entre espiritualidad y futuro.

El Patriarcado de Peć, centro espiritual de la Iglesia ortodoxa, se alza como un refugio sagrado entre montañas que parecen custodiarlo desde hace siglos. En este espacio cargado de historia y fe, gracias a Mija, nuestra guía, descubrimos sus piedras y pinturas, aprendemos a escuchar la voz antigua que aún late en cada rincón. Las iglesias de los Santos Apóstoles, San Demetrio, la Virgen del Camino y San Nicolás son testigos vivos de una espiritualidad que ha resistido varias guerras. Los frescos, a pesar del paso de los años, conservan su fuerza y misterio, y los muros de piedra parecen hablar en susurros suaves, invitando al respeto y al silencio.

Pristina, la capital de Kosovo, nos acoge con una energía moderna y decidida a mirar hacia adelante. En medio de una ciudad en transformación, la Catedral de la Madre Teresa nos sorprende como símbolo de diálogo, un espacio abierto a creyentes de diversas confesiones en un territorio donde la convivencia ha sido a menudo frágil.

Cerca de allí, la Biblioteca Nacional desafía toda convención arquitectónica con sus cúpulas de vidrio y formas inesperadas. Pristina nos habla de transiciones, de memoria y esperanza, de una sociedad que busca, nuevas formas de convivir y reinventarse.

De Serbia, Belgrado, me llevo:

El país de Serbia nos ha recibido con la energía vibrante de Belgrado: la fortaleza de Kalemegdan contemplando el encuentro de los ríos, la vida que late en la Plaza de la República y la calma de navegar por el Sava y el Danubio, donde la ciudad se revela desde el agua.

Belgrado, la capital serbia nos recibe en la confluencia del Sava y el Danubio, una ciudad abierta a las corrientes de la historia. La ciudad vibra con una energía viva, pero con la mirada puesta en un pasado complejo. Aquí, las aguas se encuentran y se reconcilian.

Kalemegdan, piedra, historia y cielo abierto. Desde la colina la vista sobre los ríos es majestuosa. Antigua fortaleza convertida en parque público en el siglo XIX, es hoy el pulmón y el centro histórico de Belgrado. Caminar entre sus murallas, entre árboles y estatuas, es hacer un viaje por siglos de batallas, resistencia y renacimiento. Un espacio donde la memoria y la naturaleza conviven.

A la Plaza de la República, el centro vivo de la ciudad, la vida urbana late con fuerza. El Teatro Nacional y el Museo Nacional, guardianes de la cultura y la identidad serbia, se alzan alrededor de este espacio simbólico. Es un lugar de encuentro, de artes, de historia y de pasos cotidianos que continúan escribiendo el relato de la ciudad.

Navegamos por el rio Sava, calmado y verdoso. Nos acompaña en una travesía lenta, casi meditativa. Desde el agua, Belgrado aparece con una nueva perspectiva. A medida que avanzamos, llegamos al punto donde el Sava abraza al Danubio. La isla salvaje Great War Island surge en medio de esta confluencia, sin edificios ni ruidos, protegida como reserva natural.   Aquí, el tiempo se detiene y el silencio se convierte en protagonista, mientras la naturaleza impone su presencia. Belgrado se revela entonces como una ciudad de contrastes, que me queda grabada dentro, como una emoción que no se desvanece.  

4 comments

  1. Un viaje muy agradable y unas compañeras fantásticas. Realmente este resumen muestra muy bien todo lo que hemos vivido, todo lo que hemos disfrutado y sobre todo lo que nos ha aportado cada país. Pienso que són muy intetesantes y aconsejo ir antes no sean demasiado turisticos.

  2. Anna, muchas gracias por tu comentario y por haberme acompañado en la preparación del reportaje, tanto en el texto como en las fotos. Fue un placer compartir este viaje contigo. ¡Lo pasamos genial! Un fuerte abrazo.

  3. Un viaje para el recuerdo, momentos de reflexión y de huida del presente que dejamos atrás cuando emprendimos el viaje que nos llevó de un extremo de Europa a los límites del mismo, una zona en ebullición donde aún están buscando su propio camino. Muchas gracias por tu exposición, tienes un don para las palabras. Echo de menos alguna foto de esa biblioteca que nos cautivó en Pristina y que pudimos visitar casi “por los pelos” porque cambiamos la visita panorámica por una a pie.Ojalá coincidamos en el futuro en otro viaje. Con tu permiso, compartiré el enlace de la historia en mis redes sociales. Un abrazo

    1. Muchas gracias por tu comentario! Tienes razón, acabo de añadir al fotografia de la biblioteca de Pristina. Tienes permiso para compartir el enlace. Me gustaria coincidir en otro viaje. Un abrazo

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