VIAJE A JAPÓN OTOÑO 2025

Reportaje realizado con la colaboración de Anna Sallés


Me llevo la maleta llena de vivencias

Hacía tiempo que Japón aparecía en las conversaciones, como una luz que llega desde lejos y se va acercando poco a poco. Amigos que habían estado allí me hablaban con esa sonrisa que nace cuando se ha vivido algo que vale la pena. “Es un país muy diferente al nuestro”, repetían, como una invitación que quedaba suspendida en el aire. Jordi Llorens me regaló una fotografía preciosa: un bosque teñido de rojo y dorado en otoño. La colgué en casa, y cada vez que pasaba por delante, era como si aquella imagen me recordara que había un camino que aún no había recorrido. También leía el blog de Salvador y Teresa, que habían viajado allí dos veces. En sus crónicas se notaba una mezcla de respeto y admiración, que el país les había dejado. Y un día, conversando con Anna Sallés, Japón volvió a aparecer. Me habló de su hijo, apasionado un apasionado por este país y que viajaba allí con frecuencia. Su entusiasmo era contagioso; los ojos le brillaban mientras describía pequeños detalles, gestos, sabores, colores. Entonces nos miramos y dijimos: “¿Y si vamos juntas?”. El viaje empezó mucho antes de subir al avión. Anna, su hijo Xavi y su esposa Verónica nos asesoraron con paciencia y generosidad. Nosotras íbamos tomando notas sobre templos escondidos, bosques rojizos y ciudades que laten, bajo un orden que aún no comprendíamos. Así llegamos hasta aquí, con ilusión, con ganas de dejarnos sorprender y aprender. Este viaje es más que un destino: es la emoción de abrir una puerta nueva y dejar que el mundo entre dentro. Y hoy, finalmente, abrimos la puerta.

De Tokio me llevo:

El barrio de Ginza que és el primer contacto con la ciudad. Entramos con Anna en una papelería tradicional: un edificio de ladrillo visto con siete plantas dedicadas al papel y la tinta. En cada piso, los papeles washi decorados parecen pequeñas obras de arte, y la caligrafía japonesa me impresiona por su gesto lento y lleno de intención. En la última planta, una exposición de grabados muestra ideogramas que contienen mundos enteros en un solo trazo. Nos invitan a escribir nuestro nombre con pincel, y ese gesto sencillo me hace sentir acogida. Una bienvenida suave a la ciudad.

El mercado de Tsukiji, donde el aire está lleno de aromas que mezclan mar y humo, tradición y cotidianeidad. Caminamos por los callejones del antiguo mercado, donde aún se respira el espíritu de Edo, aunque las subastas del atún se hayan trasladado. Frente a nosotras, un pequeño local hierve de actividad: ollas que humean, platos que pasan de mano en mano, y cocineros que trabajan con precisión y cuidado. La gente come sentada en la barra o de pie en la calle, sin prisas, pero sin pausa. Todo aquí parece sencillo y, al mismo tiempo, intenso.

El barrio de Asakusa se abre desde la terraza del Centro de Cultura y Turismo como un paisaje lleno de capas: tejados tradicionales, calles estrechas y, al fondo, la gran pagoda que se alza como una columna en medio de la ciudad. En el centro, un corredor de tejadillos rojizos guía la mirada hasta el templo Senso-ji, al que se accede por una puerta custodiada por los dioses budistas del rayo y del viento, con un farol gigante en el centro. El camino se extiende como un río de paraguas y pasos, debido a la lluvia que nos acompaña durante toda la mañana.

El santuario Meiji Jingu, donde el gran torii anuncia la entrada al espacio sagrado. El sendero, que discurre entre un bosque inmenso, conduce hasta el patio principal, donde la madera oscura y los tejados de cobre dan forma a la arquitectura sintoísta. Entre la gente, destaca un grupo de mujeres con kimonos, cada una con el obi anudado con precisión y gracia. Hablan, ríen y avanzan juntas hacia la ceremonia. Siento que aquí la tradición aún respira.

El Festival Oeshiki llena las calles del barrio de Toshima de luz y ritmo. Las cofradías avanzan llevando carrozas con pagodas decoradas con flores rosadas que se balancean suavemente en el aire. Participan abuelos, jóvenes y niños, todos al mismo compás de los tambores, como un solo corazón que late. Caminamos junto a las cuerdas, subiendo los 96 peldaños hasta el templo Kishimojin Zōshigaya, con el aliento corto pero el corazón lleno. Desde arriba, la pagoda antigua se ilumina como una llama viva, y siento que la tradición sigue viva.

Del Fujisan me llevo:

La emoción de levantar la mirada y ver el monte Fuji tan cerca, desde la Quinta Estación, a 2.305 metros de altitud, ha sido intensa. Ante nosotros, el volcán, icono de Japón, se eleva sereno, inmenso, cargado de historias y espiritualidad. Con sus 3.776 metros, sigue siendo un lugar sagrado, venerado desde tiempos antiguos, destino de peregrinación y meditación. Camino un rato por sus senderos, siento el aire fino de la montaña y veo cómo los árboles empiezan a teñirse con los primeros colores del otoño. Ha sido un instante para recordar.

Del Kawaguchiko me llevo:

La experiencia del ryokan ha sido de calma y sorpresa desde el primer momento: descalzarnos para entrar en el silencio del tatami y vestirnos con el yukata como quien adopta otro ritmo. El baño en el onsen, lento y caliente, nos libera el cuerpo y la mente. Y en la cena, la mesa se llena de platos dispuestos con cuidado. Colores suaves, texturas finas, pequeños bocados que se cocinan al momento. Brindamos con sake, sonrientes. Todo ha sido amable, como una respiración compartida.

De Kamikochi me llevo:

El santuario Myojin, donde detrás del torii, el altar es la propia naturaleza: bosque, montañas y lago convertidos en espacio sagrado. Hemos llegado caminando bajo una lluvia fina, atravesando la altiplanicie del valle del río Azusa, a 1.500 metros de altitud en pleno corazón de los Alpes Japoneses. Estamos dentro del Parque Nacional Chūbu Sangaku, entre humedales y ríos de agua cristalina. El sendero de madera nos permite avanzar sin dañar la delicada vegetación húmeda. Vemos el río lento, claro, con peces que bailan entre la luz y las sombras. El otoño empieza a teñir las hojas, y todo respira una calma sagrada.

De Takayama me llevo:

Las muñecas sarubobo, típicas de Takayama, pequeñas y simpáticas, con el cuerpo redondeado y sin rostro. Antiguamente, las abuelas las confeccionaban a mano para sus nietos, aprovechando retales de kimonos gastados. No eran solo juguetes: eran amuletos que protegían de la mala suerte y de las enfermedades. Su color rojo se asocia a la vida y a la energía, y el hecho de que no tengan rasgos faciales permite que cada persona proyecte en ellas su propio estado de ánimo: una sonrisa, una tristeza, una esperanza.

De Shirakawago me llevo:

Participar en el festival Doburoku, vinculado a la cosecha y a los ciclos de la naturaleza. Nos encontramos entre la gente del pueblo, rodeados de tambores, flautas y trajes tradicionales. En el escenario, niños y jóvenes bailan y tocan instrumentos siguiendo ritmos antiguos transmitidos de generación en generación. Aparece el shishimai, la danza del león, que se interpreta para alejar l os malos espíritus y traer buena fortuna.El pueblo de Shirakawago, entre casas gassho y montañas, celebra la gratitud por la cosecha y la convivencia con la naturaleza. Los monjes bendicen el sake doburoku, que luego se reparte entre todos: una ofrenda a los dioses y un brindis compartido con la comunidad

De Kanazawa me llevo:

El jardín Kenrokuen, un espacio de belleza donde cada paisaje ha sido pensado con delicadeza. Su nombre significa “jardín con seis elementos”: amplitud, antigüedad, tranquilidad, ingenio, agua y buenas vistas. Paseamos entre estanques claros, puentes de piedra y árboles moldeados como esculturas naturales. Admiro ver a los jardineros, en su mayoría personas mayores, cuidando cada rincón con paciencia. Las plantas son respetadas como seres vivos, y el jardín se mantiene gracias a esa atención amorosa.

La casa de geishas, donde el pequeño museo muestra objetos personales que hablan de disciplina, arte y vida cotidiana. Los tambores, los biombos y las lámparas de papel evocan un tiempo de delicadeza y refinamiento. Nos sentimos acogidas, parte de una historia que sigue viva entre paredes de madera y papel de arroz. Caminamos imaginando las voces suaves y los movimientos elegantes que un día llenaron estos espacios.

De Koyasan me llevo:

El templo donde nos alojamos está en el corazón del budismo Shingon. Las habitaciones son sencillas, con tatamis y puertas ligeras de papel. Las comidas se sirven en una sala común con mesas bajas, cojines en el suelo y un menú vegetariano basado en la cocina shojin ryōri, la que siguen los monjes. Sopas claras, algas, tofu preparado con delicadeza… cada plato parece una pequeña obra de arte. Participar en la oración matinal, escuchando los mantras y el sonido del tambor, ha sido como abrir una ventana hacia la espiritualidad.

El cementerio Okunoin nos acoge bajo cedros centenarios que custodian más de 200.000 tumbas. Entre el musgo y la piedra, las pequeñas estatuas aparecen como guardianes de ternura. Sus baberos rojos, dejados por las familias, son plegarias para proteger a los hijos en este mundo y en el más allá. El rojo destaca como una llama de amor en medio del verde y del silencio del bosque. Llegamos hasta el lugar donde reposa Kōbō Daishi, fundador de la comunidad de Koyasan. De noche, bajo la luz suave de los farolillos, el camino se vuelve conmovedor.

De Nara me llevo:

Los ciervos sika que deambulan libremente por el parque, considerados mensajeros de las deidades sintoístas. Son más de mil, mansos pero curiosos, y se acercan si huelen comida. Anna les ofrece galletas senbei y enseguida la rodean, juguetones y algo insistentes, mientras yo los observo con respeto. El parque es parte viva de una antigua capital imperial, centro del arte y la cultura japonesa. Aquí el budismo echó raíces profundas, y todavía hoy templos y naturaleza respiran como un todo. Nara es un lugar donde la historia camina a tu lado, igual que los ciervos.

De Hiroshima me llevo:

La visita al Parque y Museo de la Paz que ha sido conmovedora. Hiroshima es un lugar de memoria, donde la cúpula de Genbaku recuerda el bombardeo de 1945.
Nos muestran cómo la ciudad transformó el dolor en un mensaje de esperanza. Frente al Memorial de los Niños, la historia de Sadako emociona por su fe en las mil grullas de papel. Su gesto se ha convertido en un símbolo universal de deseo de paz. Grupos de escolares dejan grullas de colores en silencio y respeto. La llama que nunca se apaga recuerda el compromiso con un mundo sin armas nucleares.

El encuentro con Santi y Àngels,amigos que llevan años viviendo en Japón, me ha emocionado en medio de la estación abarrotada de gente. Me llevan a un local popular de Hiroshima a comer okonomiyaki, su plato más tradicional. Vemos cómo lo preparan sobre la plancha: ponen la masa de harina y huevo, y van apilando la col y los demás ingredientes. Después se coloca todo sobre una cama de fideos chinos y se cocina hasta que queda crujiente. El aroma y el sabor son reconfortantes, sencillos y deliciosos. Compartimos recuerdos y conversaciones sobre la vida lejos de Cataluña y la adaptación de sus hijos. Un almuerzo que ha tenido sabor a calidez y a una amistad que perdura en el tiempo.

De la isla de Miyajima me llevo:

El trayecto en ferry hacia Miyajima es breve, pero suficiente para sentir que entramos en otro mundo. A medida que nos acercamos, el gran torii rojo parece emerger del agua, como si flotara, señalando la puerta simbólica entre lo humano y lo sagrado. La isla ha sido siempre un lugar espiritual, donde se erigió el santuario de Itsukushima, dedicado a las diosas del mar. Sus pabellones, construidos sobre pilotes, parecen suspenderse sobre las mareas, que transforman el paisaje continuamente.

El templo budista Daisho-in, a los pies de la montaña, guarda un silencio antiguo. Las escaleras serpentean como un camino interior, bajo la sombra de rocas húmedas y árboles viejos. Entre la piedra cubierta de musgo, cientos de pequeñas figuras parecen conversar en susurros. Sus sonrisas suaves y miradas serenas permanecen suspendidas en el aire. Los gorritos rojos, tejidos a mano, les dan una calidez humana, como si fueran compañeros de viaje.

De Kyoto me llevo:

El castillo Nijo sorprende por su elegancia: madera oscura, paredes blancas y tejados que dibujan curvas armoniosas. Aquí, el último shōgun devolvió el poder a la Corte Imperial, iniciando la era Meiji y el Japón moderno. Todo el recinto respira historia contenida. Siento el eco de aquel instante decisivo. Los jardines, delicados y equilibrados, muestran la belleza del tiempo que pasa.

El Pabellón Dorado de Kinkakuji es un templo zen que se alza como un espejismo entre el bosque y el agua. Sus dos plantas superiores, recubiertas con pan de oro, brillan suavemente bajo la luz, y su reflejo vibra sobre el estanque. Alrededor, el jardín respira serenidad: los pinos, recortados con paciencia a lo largo de los años, y las rocas colocadas con cuidado, componen un espacio pensado para la quietud y la contemplación.

El bosque de bambú de Arashiyama, en la zona montañosa del oeste de Kyoto, se eleva como una catedral verde. Los troncos altos se alinean hacia el cielo, rectos y silenciosos, dejando pasar la luz filtrada. Mientras camino, el viento hace que los bambús se rocen y canten entre ellos.

Los torii rojos de Fushimi Inari forman un camino vivo que sube la montaña. Cada torii es una ofrenda de familias, comerciantes y empresas al dios Inari, protector de las cosechas y la prosperidad, con su nombre grabado como gesto de agradecimiento y deseo. Son miles, uno tras otro, creando un túnel rojo que parece no acabar.

El Jidai Matsuri es como ver el tiempo avanzar frente a ti. El desfile recorre siglos de historia, desde la Restauración Meiji hasta el refinamiento del período Heian, con vestimentas recreadas con fidelidad. Entre el Palacio Imperial y el santuario Heian-jingū, los personajes parecen revivir. Me maravilla sentir cómo el pasado se vuelve presente, vibrante y humano.

De Osaka me llevo:

El Castillo de Osaka, que se alza imponente, símbolo de poder y memoria. En su interior, el museo nos adentra en la figura de Hideyoshi y en la historia convulsa de la ciudad. Al llegar al octavo piso, la vista se abre majestuosa: Osaka se extiende hasta donde alcanza la mirada. A su alrededor, el parque, con estanques y árboles enormes, invita a pasear y respirar tranquilidad en medio del ritmo urbano. Un lugar que combina fuerza, belleza y vida cotidiana.

El barrio de Dotonbori, el corazón vibrante de Osaka, es un estallido de luces, colores y movimiento constante. Las fachadas compiten entre sí con figuras gigantes y animaciones que parecen cobrar vida, como el famoso cangrejo que mueve las patas para llamar tu atención. Caminamos entre olores irresistibles de comida callejera, dejándonos llevar por la curiosidad. Probar el takoyaki recién hecho, el boniato cortado en espiral o el panecillo caliente con queso fundido se convierte en una pequeña fiesta para los sentidos. Aquí todo está vivo, exagerado y alegre.

La ruta a pie cuando cae la noche, cuando las calles se llenan de luces, neones y murmullos. La ciudad cambia, y a cada paso se revelan capas ocultas. La energía vibrante de Namba contrasta con el aire retro y casi cinematográfico de Shinsekai, como si hubiéramos entrado en una película de los años 70. Nos dejamos llevar, observando rostros, olores, sonidos. Es otro Japón, más íntimo, más vivo, que se muestra solo cuando la ciudad se refleja en su propia sombra.

Comentario de Vanesa, nuestra guía:

Conxita, ha sido un placer poder acompañarte en este viaje tan esperado.
Leer tus palabras me hace revivir los momentos que compartimos y tu descripción tan acertada de los lugares visitados me confirma que, de verdad, este ha sido un destino muy soñado para ti. No tengo ninguna duda de que fuiste una muy buena alumna durante mis explicaciones, porque no se te ha escapado ningún detalle.

Me llena de alegría saber que quienes visitáis el país del Sol Naciente volvéis a casa dejando una parte de vosotros al otro lado del mapa. No pierdas nunca la pasión por viajar y sigue aprendiendo e impregnándote de todas las culturas que la vida te permita conocer.

Un fuerte abrazo.

Vanesa

2 comments

  1. Quería ir en persona al país del que tanto me han hablado mi hijo y su esposa, que son unos enamorados. Y llegó la ocasión de ir con Conxita. Ahora en casa, ya interiorizado el viaje, pienso que aunque su cultura y educación van por otro camino, muy diferente al nuestro, me he sentido muy a gusto. Los paisajes, pueblos, grandes ciudades, santuarios, templos… Me han encantado. ¡Todo es espectacular!

    1. Muchas gracias Anna, por compartir el viaje a Japón conmigo y ayudarme a preparar el relato de la web, aportando opiniones y fotografías. ! ¡Descubriendo el país hemos pasado buenos ratos juntas!

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