Cuando Rosa y yo pensábamos en un nuevo destino para este verano, casi sin darnos cuenta, la memoria nos llevó hasta el viaje que hicimos en 2013 a Sudáfrica. Allí conocimos a Benno, el guía que nos acompañó hasta el parque Kruger y con quien conectamos enseguida. Nos habló con una pasión contagiosa de Namibia, el país de origen de su padre. Recordamos cómo nos describía los inmensos desiertos de arena roja, la belleza salvaje de sus animales, la riqueza cultural de pueblos y una naturaleza espectacular. Aquella conversación quedó guardada en un rincón de nuestra memoria. Rosa dijo que ya había llegado el momento de volver a África, algo que las dos llevábamos tiempo sintiendo. Cuando Anna supo que habíamos decidido viajar a Namibia, no se lo pensó ni un instante y enseguida se unió al proyecto.
Así, las tres empezamos a dar forma a una nueva aventura. Como hacemos siempre antes de un gran viaje, buscamos información y escuchamos los consejos de amigos que conocían bien el país. Cada conversación alimentaba todavía más nuestras ganas de descubrirlo. Ona Flix, una auténtica enamorada de los desiertos nos cautivó mostrándonos unas fotografías espectaculares de las inmensas dunas del Namib. Jordi Llorens, gran viajero y buen amigo, nos recomendó la visita a los himba, con quienes había tenido la suerte de convivir, y nos describió Namibia como un inmenso museo natural dominado por los desiertos del Namib, las dunas más altas del mundo y el parque nacional de Etosha, uno de los santuarios de fauna más impresionantes de África. También hablamos con Salvador y Teresa, que solo con recordar su viaje ya transmitían entusiasmo. Nos animaron a completar la ruta con las espectaculares cataratas Victoria, visitándolas tanto desde Zimbabue como desde Zambia, y nos facilitaron el enlace a su página web, llena de experiencias y buenos consejos. Finalmente, una conversación con nuestras compañeras de marcha nórdica, Núria Pernias y Carme Salla, recién llegadas de Botsuana, terminó de convencernos. Nos contagiaron tanto su entusiasmo que decidimos ampliar el itinerario para incluir también este país. Con todas estas recomendaciones y con la ayuda de Toni, de Altair, acabamos diseñando el viaje con el que llevábamos años soñando: recorrer los infinitos desiertos de Namibia, descubrir su extraordinaria fauna en safaris, conocer de cerca la cultura de los himba, adentrarnos en Botsuana y poner el broche final ante la fuerza imponente de las cataratas Victoria, contempladas tanto desde Zimbabue como desde Zambia. Poco a poco, el sueño que había nacido de una conversación en Sudáfrica se convirtió en una ruta real.
Emprendimos esta ruta, llenas de ilusión, con el corazón abierto y la mirada curiosa, dispuestas a dejarnos cautivar por la magia de las tierras africanas. En Namibia nos esperaba Hendricks, al volante de su Toyota, preparado para guiarnos a lo largo de 2.500 kilómetros a través de paisajes y de una forma muy distinta de entender el mundo. Así comenzaba una aventura que intuíamos que acabaría transformándonos.

EL RÍO ZAMBEZE UNE LOS CUATRO PAÍSES
Este viaje nos lleva a descubrir cuatro fascinantes países del sur de África: Namibia, Botsuana, Zimbabue y Zambia. Aunque cada uno posee una identidad propia, todos comparten un mismo hilo conductor: el río Zambeze, uno de los grandes ríos del continente y una auténtica arteria de vida. A lo largo del recorrido atravesaremos desiertos infinitos, extensas sabanas, parques naturales repletos de fauna salvaje y pueblos que han crecido al ritmo de sus aguas. El Zambeze conecta territorios, alimenta ecosistemas y une culturas, hasta culminar en uno de los espectáculos naturales más impresionantes del planeta: las cataratas Victoria. Este mapa muestra el itinerario del río, que nos conduce al corazón del África austral, donde la naturaleza no entiende de fronteras y donde cada paisaje nos invita a descubrir una nueva manera de comprender la inmensidad, la belleza y la vida salvaje.
Reportatge fotogràfic de Rosa Pi, Anna Sallés i Ona Flix
NAMIBIA
Me llevo la maleta llena de vivencias:
De Namibia me llevo el descubrimiento de algunos de los paisajes más espectaculares del África austral: Windhoek, una capital tranquila y acogedora; el desierto del Namib, con sus dunas infinitas; la Costa de los Esqueletos, donde el desierto abraza el océano; Damaraland, tierra de paisajes agrestes, grabados rupestres y culturas ancestrales; las etnias, como los himba y los mbunza, que conservan sus tradiciones; el Parque Nacional de Etosha, uno de los mejores lugares del continente para observar fauna salvaje; Rundu y el río Kavango, donde la vida gira en torno al agua, y Kongola, puerta de entrada a una Namibia más verde y fluvial. Un país de contrastes que me ha cautivado por su inmensidad y su naturaleza.
De Windhoek me llevo:

La Christuskirche, la Iglesia de Cristo, cuya esbelta silueta se ha convertido en uno de los grandes símbolos de la ciudad. Más allá de su valor arquitectónico, también invita a reflexionar sobre la historia colonial del país y la importancia de preservar una memoria que dé voz a todas las miradas.

El barrio de Katutura, con su ambiente auténtico y lleno de vida, testimonio de la historia reciente del país. Nacido durante el apartheid como zona de reubicación forzosa de la población negra, hoy es un barrio vibrante donde los mercados, los pequeños comercios y los puestos de comida muestran el día a día de sus habitantes. En el mercado probamos el tradicional braai, una carne a la brasa tierna y sabrosa que nos acerca a la cocina popular.

El Alte Feste, la antigua fortaleza colonial alemana, que evoca un pasado marcado por la dominación y, al mismo tiempo, el camino hacia la libertad. Frente al recinto, la escultura de la Independencia, con un hombre y una mujer rompiendo unas cadenas, simboliza la esperanza, la superación del dominio colonial y el fin del apartheid. Invita a reflexionar sobre el largo camino recorrido hasta la actualidad.
Del desierto del Namib me llevo:

Los colores de Sossusvlei, donde las dunas de arena roja me han cautivado con una infinita gama de tonos rojizos y anaranjados que cambian con la luz del día. Un paisaje vivo, en constante transformación, que parece encenderse con los primeros rayos del sol.

Deadvlei, uno de los lugares más sorprendentes del desierto, donde los árboles muertos, conservados durante siglos gracias a la extrema sequedad, dibujan una escena casi irreal. La superficie blanca de arcilla y sal, vestigio del antiguo lago desecado, contrasta con el intenso rojo de las dunas y el negro de los troncos, creando una imagen impactante.

La Duna 45, donde hemos vivido el reto de ascender una duna formada hace millones de años. El esfuerzo de la subida ha quedado recompensado al alcanzar la cima, con la satisfacción de contemplar un paisaje inmenso.

El cañón de Sesriem, un profundo desfiladero excavado por el río Tsauchab a lo largo de los siglos, que permite caminar entre sus paredes rocosas y descubrir la fuerza con la que el agua ha modelado este rincón del desierto.
De la costa atlántica me llevo:

Walvis Bay, la principal ciudad portuaria del país, con su gran laguna natural repleta de flamencos, pelícanos y numerosas aves migratorias, un espacio donde la vida salvaje convive con la actividad marítima.

Las salinas, donde me han sorprendido las inmensas pirámides de sal blanca que se alzan junto a la costa. El contraste entre el blanco intenso de la sal, el cielo cambiante y la proximidad del Atlántico crea un paisaje singular que me ha descubierto una faceta poco conocida de Namibia.

Swakopmund, pasear por su histórico muelle de madera, con el viento, la niebla y las olas como protagonistas, nos ha permitido vivir la esencia de esta ciudad costera, todavía marcada por su herencia colonial alemana.

La ruta en coche entre el desierto y el Atlántico me ha impresionado ver cómo las dunas infinitas se precipitan hacia el océano en un paisaje que parece imposible. El viento modela la arena, la niebla difumina el horizonte y el Atlántico aporta una fuerza constante que lo transforma todo. Me he sentido pequeña ante la inmensidad de la naturaleza.

La Costa de los Esqueletos, un lugar de belleza austera donde el desierto y el océano se funden. El naufragio del Zeila, medio engullido por el mar y la arena, convertido hoy en refugio de aves marinas, es el símbolo perfecto de la fuerza de la naturaleza en este litoral escarpado.
De la ruta por Damaraland me llevo:

Las montañas erosionadas durante el trayecto de Uis hasta Twyfelfontein, he contemplado un territorio inmenso de llanuras pedregosas y espectaculares bloques de granito apilados que me han hecho sentir la grandeza de esta tierra.

Los grabados rupestres de Twyfelfontein, uno de los grandes tesoros culturales del país. Recorrer este museo al aire libre me ha transportado a miles de años atrás, imaginando a los pueblos san dejando sobre la roca un legado que todavía hoy sigue hablando de su estrecha relación con la naturaleza.
De las etnias me llevo:

La visita a una comunidad himba me ha permitido adentrarme en la forma de vida de uno de los pueblos más emblemáticos de Namibia. En el kraal, el poblado tradicional formado por cabañas dispuestas en círculo alrededor del ganado, he descubierto el significado del fuego sagrado (okuruwo), centro espiritual de la comunidad y símbolo del vínculo con los antepasados. Una experiencia que me ha acercado a una cultura que sigue preservando con orgullo sus tradiciones.

Las mujeres himba me han cautivado por su fortaleza y su orgullo. Sentadas en el suelo, frente a sus cabañas, con el torso desnudo y la piel protegida con otjize —una pasta elaborada con grasa animal, ocre rojo en polvo y resinas aromáticas— lucen sus característicos peinados recubiertos de ocre, así como los collares y brazaletes que adornan su cuello, sus brazos y sus tobillos. A su alrededor, los objetos de la vida cotidiana y el humo del fuego sagrado completan una escena de auténtica belleza.

Los miembros del poblado mbunza, que han compartido con nosotros los conocimientos heredados de generación en generación. La demostración de la pesca tradicional me ha permitido comprobar cómo el trabajo en equipo sigue siendo una parte esencial de su vida cotidiana.

La danza compartida con los mbunza, un momento de alegría. Al ritmo de los tambores, las voces y sus bailes llenos de energía, nos hemos dejado llevar por una celebración que nos ha hecho sentir, aunque solo fuera por un instante, parte de su comunidad.
Del safari por el Parque Nacional de Etosha me llevo:

La familia de guepardos, cuando he visto a la madre avanzar con paso cauteloso, vigilando con atención los alrededores mientras sus cachorros se alimentaban de una gacela que acababan de cazar. Observar esta escena en plena naturaleza, sin vallas, ha sido un auténtico privilegio.

Las cebras, reunidas en una charca llena de vida junto a las gacelas. Las he visto beber y jugar hasta que la aparición de un león y una leona ha hecho que, en apenas unos segundos, toda la llanura quedara vacía. La naturaleza nos ha regalado una auténtica lección de supervivencia.

El grupo de órices, que me ha cautivado por su elegancia y serenidad. Contemplarlos caminando por la inmensa llanura de Etosha, con sus largos cuernos recortándose contra el horizonte, me ha transmitido toda la fuerza y la armonía de este paisaje.

La jirafa, que he observado alimentándose de las hojas de una acacia muy cerca de nosotros. De repente ha levantado la cabeza y su mirada se ha cruzado con la mía durante unos instantes que me han parecido eternos. Envuelta por la luz dorada del atardecer, me ha regalado el final perfecto de un safari inolvidable.
De Rundu me llevo:

La navegación por el río Okavango, que me ha acercado hasta la orilla de Angola, a solo unos metros de distancia. Ver a unos niños saludándonos desde sus barcas de madera, con enormes sonrisas, me ha emocionado y me ha hecho sentir que, por un instante, las fronteras dejaban de tener importancia.

La puesta de sol desde la barca, cuando el cielo se ha teñido de tonos dorados, naranjas y rojos mientras las aguas del Okavango reflejaban aquel espectáculo. Ha estado uno de esos momentos en los que el tiempo parece detenerse.
Del safari de Kongola me llevo:

Los antílopes lechwe rojos, que he observado moviéndose con elegancia entre los carrizales y las tranquilas aguas del río Kwando. Contemplarlos en este hábitat, perfectamente adaptados al agua, me ha regalado una imagen de una belleza serena.

Los babuinos, que he visto buscando alimento en la orilla del río y aprovechando incluso los restos de los excrementos de los elefantes. Me ha divertido observar cómo jugaban, cómo se cuidaban unos a otros y cómo, en muchos momentos, se comportaban como una auténtica pandilla de niños.
BOTSUANA
Me llevo la maleta llena de vivencias:
De Botsuana me llevo el enorme baobab que nos da la bienvenida en la frontera, con una cavidad lo bastante grande como para que pueda entrar una persona. La navegación por el río Chobe, donde observo muy de cerca a los cocodrilos del Nilo, un búfalo africano dentro del agua y cinco hipopótamos descansando entre los humedales. Del Parque Nacional de Chobe me llevo también la imagen de un majestuoso kudú, unos leones descansando muy cerca del camino y una familia de elefantes avanzando majestuosamente por el centro de la pista.
De la navegación por el río Chobe me llevo:

Los cocodrilos del Nilo tomando el sol en la orilla. Algunos son enormes y mantienen la boca abierta, pero no es una señal de agresividad, sino la forma que tienen de regular su temperatura corporal. La embarcación se acerca tanto a uno de los ejemplares más grandes que tengo la sensación de que, si alargara el brazo, casi podría tocarlo.

El búfalo africano, que descubrimos en la orilla del río, medio sumergido en el agua mientras se alimenta de plantas acuáticas. Es la primera vez que vemos uno tan de cerca y la emoción es inmensa ante este imponente animal. A pesar de su apariencia tranquila, es una especie de gran fuerza y muy respetada por los depredadores. En esta ocasión, sin embargo, lo contemplamos solo, inmerso en el agua y disfrutando de un momento de calma.

Los hipopótamos, con el macho, las hembras y sus crías, descansando sumergidos en una zona de humedales. El más grande es el macho dominante, responsable de defender el territorio donde convive con varias hembras y sus crías. A pesar de su aspecto apacible, los hipopótamos son animales muy territoriales y pueden reaccionar con gran agresividad si se sienten amenazados.
Del Parque Nacional de Chobe me llevo:

El kudú, un majestuoso macho que avanza con paso elegante hasta la orilla de un punto de agua, donde su reflejo se dibuja sobre la superficie. Me impresionan sus cuernos en espiral, que pueden superar el metro de longitud. Su pelaje grisáceo, con finas franjas blancas, le permite camuflarse entre la vegetación. Ha sido un placer contemplarlo en libertad.

Los leones, que descansan relajados bajo la sombra de los árboles, muy cerca del camino. Entre los adultos hay varios jóvenes. Sus miradas se cruzan con las nuestras mientras contenemos la respiración, conscientes de la experiencia que estamos viviendo. Tan cerca que parece imposible, inmortalizamos este instante con la cámara, sabiendo que será una de esas imágenes que nunca olvidaremos.

La familia de elefantes, que avanza por el centro de la pista. Al darse cuenta de nuestra presencia, no muestra ningún signo de agresividad. Con una calma admirable, los adultos se retiran con lentitud caminando de espaldas, sin dejar de vigilarnos, mientras mantienen a la cría protegida en el centro, rodeada por las hembras. Esta extraordinaria muestra de coordinación y protección familiar me deja una sensación de admiración y respeto por estos gigantes inteligentes y sensibles.
ZIMBABUE
Me llevo la maleta llena de vivencias:
Del país de Zimbabue me llevo las impresionantes Cataratas Victoria, uno de los espectáculos naturales más extraordinarios del mundo. Desde los miradores contemplamos el Victoria Falls Bridge, el elegante puente de acero que une Zimbabue y Zambia sobre la profunda garganta del río Zambeze. También me llevo el divertido recuerdo de los chubasqueros, incapaces de protegernos de la lluvia incesante que levantan las cataratas, y la tranquilidad de las acogedoras cabañas del Shearwater Explorers Village, rodeadas de exuberantes jardines.
De las Cataratas Victoria me llevo:

El salto de agua impresionante, compartido entre Zimbabue y Zambia y declarado Patrimonio Mundial de la UNESCO por su extraordinario valor natural. La bruma permanente que se eleva de sus aguas alimenta una auténtica selva tropical, donde los árboles, los helechos y los musgos lucen un intenso color verde. Cuando los rayos del sol atraviesan la cortina de agua, aparecen pequeños arcoíris que hacen el paisaje aún más mágico. Desde uno de los miradores contemplamos también el Victoria Falls Bridge, inaugurado en 1905, que salva con elegancia la profunda garganta excavada por el río Zambeze.

Los chubasqueros que estábamos convencidas de que nos mantendrían secas. La ilusión dura muy pocos minutos. El agua cae con tanta fuerza que el viento levanta millones de gotas que nos envuelven y, en algunos miradores, parece que caminemos bajo una lluvia tropical. Los chubasqueros se pegan al cuerpo, los zapatos quedan empapados y las risas son inevitables. Es imposible salir seco.

Las cabañas del Shearwater Explorers Village, rodeadas de jardines cuidados y de una vegetación exuberante. Los techos de paja se integran en el entorno y evocan la esencia del África más auténtica. Después de un día lleno de emociones, este rincón de tranquilidad invita al descanso mientras el canto de los pájaros y la suave brisa sustituyen cualquier otro sonido. Un lugar perfecto para recuperar fuerzas antes de seguir descubriendo las maravillas de África.
ZAMBIA
Me llevo la maleta llena de vivencias:
Del país de Zambia me llevo la visita a las Cataratas Victoria, donde un magnífico arcoíris se dibuja sobre la niebla permanente. Desde este lado, las cataratas se contemplan mucho más de cerca y la fuerza del agua se vive con una intensidad extraordinaria. También me llevo la emoción de cruzar el Knife-Edge Bridge, rodeada por el rugido ensordecedor de las cataratas y por una lluvia incesante, y el descubrimiento de la ciudad de Livingstone, con su museo dedicado al explorador escocés que dio a conocer estas cataratas al mundo occidental.
De las Cataratas Victoria me llevo:

La maravilla natural. Desde este lado de Zambia la contemplamos mucho más de cerca. La fuerza del agua, el estruendo ensordecedor y la niebla que nos envuelve hacen que la visita sea aún más intensa. Esta magnífica cortina de agua convierte el paisaje en un espectáculo difícil de olvidar.

Cruzar el Knife-Edge Bridge, un puente suspendido que ofrece una de las panorámicas más espectaculares de las Cataratas Victoria. A cada paso aumenta el rugido del agua mientras una lluvia fina, provocada por el rocío de las cataratas, nos envuelve y nos empapa sin descanso, a pesar de los chubasqueros. Es uno de esos lugares que cuesta abandonar.

Livingstone,la ciudad que lleva el nombre del explorador y misionero escocés David Livingstone, el primer europeo que contempló estas cataratas en 1855, aunque los pueblos africanos las conocían y veneraban desde hacía siglos con el nombre de Mosi-oa-Tunya, «el humo que truena», una denominación que describe la inmensa columna de niebla visible a kilómetros de distancia. En el museo dedicado a su figura descubrimos cartas, mapas, objetos personales y documentos históricos que nos permiten conocer mejor sus expediciones por el continente africano.